7.4.07

invertebrada fotografía

(sobre Perros héroes de Mario Bellatin)


La fotografía es unaria cuando transforma enfáticamente la “realidad” sin desdoblarla, sin hacerla vacilar.
En este espacio habitualmente tan unario, a veces (pero, por desgracia, raramente)
un “detalle” me atrae.
Siento que su sola presencia cambia mi lectura,
que miro una nueva foto, marcada a mis ojos con un valor superior.
Este “detalle” es el punctum (lo que me punza).
Roland Barthes

En la opinión de Martín Solares, dado que las novelas de Mario Bellatin se concentran en lo esencial, algunas de ellas recuerdan ya no a un artefacto verbal, sino a un enigmático ser vivo, que nos acecha. Es desde esa óptica que al invitarme a escribir un texto sobre Perros Héroes, me entrega como única consigna diseccionar la novela de Bellatin como lo haría un entomólogo. Así, cuando abro el libro me es imposible no buscarle las patas, los ojos, el ritmo: el libro es un insecto.

Si uno busca la palabra "insecto" en el diccionario, encuentra:

insecto: del latín insectus, derivado de insecare, cortar, hacer una incisión, por las marcas en forma de incisión que presenta el cuerpo de estos animales.

Me gusta el dato: un insecto se llama así por sus fisuras, está hecho para cortarse. Hojeo al bicho en cuestión. Presenta amplias grietas blancas de más de media página. Me entusiasma que haya tanto margen entre cada párrafo, para anotar mis comentarios y esbozar mis dibujitos o ¿no es eso lo que haría un entomólogo? Me armo de un lápiz. Comienzo a leer. Al llegar a la mitad de la novela me decepciono de mi misma: no he rayado ni una sola de sus páginas. ¿Qué pasa? ¿Es acaso que no tengo talento de entomóloga? Vuelvo al principio, le encuentro las antenas: éste libro trae subtítulo y reza así: Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois. Vuelvo a la lectura. Al poco tiempo me he olvidado ya de América Latina y las otras lupas que traía. Perros héroes se dibuja con pincelazos cortos, secos. Cada párrafo es una escena enmarcada en una página. El acomodo tipográfico crea la sensación de que un párrafo no es aquí la pata de un relato, sino el esqueleto de una fotografía.

La fotografía es por excelencia el arte de la falsa objetividad. Aun en esta era de “photoshopazos” nos fiamos de ella. Fuera del museo, en donde sí reconocemos la mirada del artista-fotógrafo, usamos la cámara como apuntador de la memoria, como testimonio fiable. En materia de literatura también puede generarse esta confianza. Lo hace Bellatin al escribir como si la pluma fuera cámara y la cámara estuviera mostrándonos todo lo que tiene enfrente. Es el truco del director de cine que se coloca la cámara al hombro como si renunciara a controlar lo que muestra y lo que oculta, como si le diera al espectador ya no lo que decide mirar, sino todo lo que él ve.

Al acercarse el lente a los ojos, al dejar que se grabe en la cinta lo mismo que se está viendo, se da la impresión de que filmar es mirar. Se vela la intención guiadora del creador y con esto se libera la posibilidad de interpretación del espectador. Es decir que importa muy poco si alguien llega o no a asociar la trama con el futuro de América Latina, si alguien compara o no las fotos reales con las descritas. Aún más, dado que la trama no exige atención cronológica o memoria exacerbada, el lector quedaría en libertad de elegir, con el simple gesto de un parpadeo, aquello que toma, y lo que deja.

Pero todo esto es un engaño.

Las piezas de Perros héroes no están exentas de la peculiar mirada del autor, sólo la ocultan muy bien. Si yo fuera una entomóloga más cuidadosa, por ejemplo, contaría los adjetivos. Es seguro que serían pocos y discretos. El tono es frío. Y limpio. La austeridad crea una sensación de transparencia en la que se escuda el narrador para transitar del recuerdo al presente, del pensamiento de los personajes hasta el sentir de sus visitantes. La voz narrativa se neutraliza: no denuncia, no juzga, no se nombra, no interpreta, apenas transmite. Todo este cuidadoso armatoste artificial, crea la generosa impresión de algo orgánico. A las pocas páginas uno está ya en la casa del hombre inmóvil temiendo las tarascadas de sus perros, resintiendo la oscuridad, escuchando el murmullo de las bolsas plásticas que su madre y su hermana se empecinan en doblar, uno está ya estático, y expectante. Este viaje sensorial le es propio a la lectura. Nada en las imágenes que hacen las veces de epílogo nos entrega al hombre inmóvil como lo hace cada línea, cada párrafo de la novela.

¿Por qué digo que las fotografías textuales que conforman este libro no están exentas de mirada? Porque están llenas de detalle, de punctum, en terminología de Barthes.

Cada escena queda inscrita dentro del eje escandalosamente rutinario de la vida del hombre inmóvil. Cada anécdota y cada recuerdo se graba con toda la subjetividad de la memoria, muy lejos de la infalibilidad del lente. En cada párrafo algo late, algo punza, algo parpadea. Y al final entonces no estamos hablando de esqueletos de fotografía, ni de la frialdad del tono, sino de personajes que, aunque a cuentagotas, terminan por revelársenos.

Estamos hablando de pulpa, de carne, de algo así como fotografía invertebrada.

No le daré más vueltas a la entomología: este libro no fue hecho para cortarse, fue escrito para dejarse mirar.


Texto leído en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca
en compañía de Mario Bellatin y Efraín Velasco Sosa
septiembre 2006

de por qué esto no es un vals

(sobre Viena roja de Tryno Maldonado)


Primer tiempo : las cartas

Si pudiese encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede leer ni una huella de pensamiento.
Primo Levi

Friedl Aichinger, la protagonista de Viena Roja, ejerce el pensamiento como última trinchera. Escribe con el hambre del testigo, con la fuerza del sobreviviente, ésa que sólo la palabra escrita puede transmitir porque fija la desesperación ya no en un gesto, sino en un relato. Escribir, obligarse a ordenar de manera lógica una palabra tras otra, es un antiguo método contra la locura. Cuando todo afuera se derrumba, una carta bien puede convertirse en el último puente transitable.

De por qué muy a principios de este siglo, un joven zacatecano se sienta a escribir emulando la voz de una mujer vienesa de principios del siglo pasado, no tengo ninguna hipótesis. En cambio, de por qué elige un formato epistolar para hacerlo, me atreveré a formular algunas.

La ciudad de Viena, roja o no, sigue siendo el paradigma de la tradición musical occidental. Ésa a la que pertenecemos los lectores que -entrenado el oído para la armonía y la cadencia-, necesitamos anticipar la nota, distinguir la melodía, exhalar tranquilos con el tán-tán. No sabemos leer de otra forma. Queremos círculos cerrados y lógica estructural dentro de nuestras elaboradísimas pautas modernas. A saber: la narración desmembrada, el peso de la anécdota, el hallazgo léxico, nuestra nieve de limón. Las cartas no permiten tanta comodidad extravagante. Al contrario, limitan el fluir narrativo a dos leyes: el estricto orden cronológico por un lado y la confianza por el otro. En este caso, la confianza entre Friedl y su maestro, instaurada mucho antes que la llegada del lector. El epistolar es pues un formato sencillo, un trampolín simple. Al elegirlo como plataforma, Tryno le permitió a su trama todos esos giros que da antes de caer en cuatro patas, ilesa.

Sabemos, por la manera en que Friedl saluda al principio de cada misiva, que Schönberg le escribe también. Este dato, sumado a las fechas, configura el ritmo de la novela: lo que para nosotros es un simple dar la vuelta a la hoja, en la historia significa muchos días de anécdotas y de espera. La novela se erige sobre un ritmo elemental: una nota negra (la carta), una blanca (los días entre cartas, cuya tonalidad sólo intuimos). Viena roja se construye entera sobre este binomio: Friedl llenando los tiempos, Schönberg los silencios.

Segundo tiempo : las cuerdas

Cuando un músico escribe a su maestro, ¿qué sentido tendría hablarle de música, decirle lo que ya sabe? Ninguno, a menos que se quisiera instruir al lector, en cuyo caso esto no sería una novela, sino un manual. Lo digo sin ironía, porque imagino que huir de la enorme tentación de ponerse explicativo debió ser una de las pruebas más difíciles al contar esta historia. Celebro que Tryno haya escapado. El acierto, me parece, estuvo en silenciar el trasfondo musical. Friedl no se dilata en tediosas disertaciones. Cuando habla de un violín, lo llama por su nombre. Cuando lo que quiere es dar las medidas, escribe los números sin nota al pie. El lector puede indagar qué demonios significan aquellos numeritos, o puede no hacerlo. Yo no lo hice. Me atrevo a decir lo mismo sobre los datos y los nombres. Y aunque bien cabe la posibilidad de que esté meramente justificando mi ignorancia histórica, diré que la sapiencia no hace falta porque es precisamente de estos sobreentendidos que se nutre Viena roja, como un universo independiente. Una Viena que no es Viena. Si el autor quiso poblarla con calles, celebridades y plazas vienesas, me parece que lo hizo sólo a nombre de la verosimilitud. Contrariamente a lo que su nombre indica, lo verosímil no se nutre de realidad, sino de imaginarios. Y para el lector mexicano, una plaza en Viena bien puede llamarse Rabenhof Platz, aunque nunca haya existido, pero nadie seguiría leyendo de llamarse Plaza Flores. Por favor entonces, no le crean a Tryno cuando diga que su libro quería ser la guía-roji de Viena.

No desdeño el trabajo de investigación. Anoto simplemente que para mí el trasfondo, aunque necesario y en este caso sólido, está ahí como mero sostén de lo que verdaderamente importa: la decadencia de una mujer en una ciudad que arde. Este libro va en picada: todo empeora, empeora, empeora. Que es como decir que se trata de un enorme crescendo. La minucia con que el autor tensa cada cuerda, es por una parte el truco que nos entrega a Friedl como violinista, y es por otro lado la razón por la que seguimos leyendo Viena Roja, una carta tras otra, un acorde tras otro.

Tercer tiempo : la memoria

Por mi parte, si me es dado elegir, me pondré del lado del "exceso" de historia,
tanto más poderoso es mi terror al olvido que el temor de tener que recordar demasiado.
Yerushalmi

La reconciliación democrática en Atenas, ése feliz y multicitado ejemplo nuestro, se fundó sobre el siguiente decreto: Queda terminantemente prohibido recordar las desgracias. Cada uno de los ciudadanos atenienses prestó juramento: Me comprometo a no recordar las desgracias vividas. Cualquiera que osara recordar, sobre todo por escrito, era castigado con la muerte. Desde entonces, mucho se ha dicho sobre la literatura como parapeto ante el olvido, ante la política del olvido. Con Viena roja, Tryno Maldonado se suma a la tradición de la literatura como testimonio. En la tercera carta, Friedl escribe: Le agradeceré (…) que me conmine de por vida a no olvidar lo ocurrido, a no olvidar la masacre, a desearme que las heridas que me infligieron sanen pronto, sí, pero que dejen una cicatriz honda, que jamás se borren de mi piel, que las lleve como un recordatorio.

Recordar se vuelve el verbo capital en todo este trance.

Cuando digo que Tryno pertenece a la corriente del testimonio, no estoy proponiendo que se le estudie en las clases de historia. Ni siquiera asumo que su libro deba leerse haciendo puente con la política. Viena roja es una novela y como tal, su fuerza reside en lo que muestra, no en lo que demuestra. Si la literatura es el espacio en que aprendemos lo que ninguna ciencia puede entregarnos, este libro, o así lo leí yo, arroja una luz que no creo involuntaria, sobre la importancia de no callarse y no olvidar. Friedl escribe cartas. Es el mismo gesto con que se lanzaron al mar tantas botellas o, antes, se grabaron rudimentarios símbolos en una plaqueta de piedra. Es la primitiva voluntad por dejar huella, por ser recordado.

El filósofo español Reyes Mate apunta: Lo que oculta la política amnésica no es tanto un pasado vergonzoso cuanto la violencia sobre la que está fundada la política actual y que ésta ejerce para mantenerla. Es en esta tónica que sitúo el valor de Viena roja como un texto que bebe de la fuente del testigo: decir, escribir, recordar, es ya en sí levantarse contra la política del olvido y, en ese sentido, contra la violencia.

Cuarto tiempo : porque esto no es un vals

Hace apenas unos días, de pie frente a Berlín, Gunter Grass dijo: Los escritores somos expoliadores de cadáveres. Vivimos de hallazgos, y por eso también de los oxidados despojos de la guerra. Por mucho que nos guste situar el argumento en pacíficas campiñas, azulados paisajes ondulados o estados de ánimo sumamente íntimos, la guerra no cesa en nosotros.

Viena Roja se sitúa en el endeble periodo de entre-guerras. La fructífera Secesión, los cafés literarios, el bullicio enardecido de la paz momentánea. Sin embargo, no se trata de un libro de guerra, ni siquiera de entre-guerras. La guerra late en él de otro modo: muy adentro de Friedl Aichinger. En su desesperación, en sus renuncias, en su cordura deslavándose y volviendo a flote. La batalla es librada entre ella y su brazo enfermo, entre ella y su pérdida, entre Friedl y su resignación. Si, pese a lo que solemos pensar, la guerra es también la vida en su forma más elemental, Viena Roja canta sólo en este tono

: ni vals, ni letanía, ni réquiem; apenas grito.

De por qué Friedl nació en Zacatecas, no puedo decir nada. En cambio, de por qué la asocio con la mujer que ahora mismo desfila por mi ciudad protestando contra lo ocurrido en Atenco, diré lo siguiente: la fuerza que sostiene al personaje no yace ni en su talento, ni en su contexto, sino en la entraña que despliega, en las agallas con que se narra, el furor con que se rompe y, sobre todo, en la dignidad con la que se desnuda, se levanta, y se despide.


Texto leído en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca
en compañía de Tryno Maldonado y Omar Fabián
julio 2006
Fracciona-miento, de Teresa Avedoy
o ciertas sutilezas de la ocupación

1: lo concreto

A principio de la década de los cincuenta, un grupo de poetas brasileños publicó un manifiesto en el que se acuñaba el término y la pretensión de la poesía concreta. La idea era explotar del texto su espacialidad, una característica, según afirmaban, antes desdeñada. Querían introducir relieve en el papel, dotar a la palabra escrita de textura, como si antes no hubiera en los libros ni pliegues ni montañas. Como si antes de ellos a nadie se le hubiera ocurrido que una novela es una casa y una canción una avenida y un poema puede habitarse. En fin, la idea era tomar la hoja como un plano y acomodar la palabra ya no inmediatamente después de la anterior, sino allí donde el impacto surtiera el efecto deseado. La hoja adquirió sur y norte y esquinas. La tinta se tornó ligera y el poeta pudo jugar al tetris con sus textos, antes de publicarlos. Ningún acomodo en la poesía concreta, es gratuito. Ningún dedazo es dedazo. Ningún espacio en blanco está vacío de significado. La palabra, ahora nómada, comenzó a adolecer mudanzas, tropiezos, desniveles. De repente, escribir horno en una esquina, era mandar muy lejos a las panaderías. Es decir, la poesía abrazó al urbanismo.

Es sólo en este abrazo que asocio la poesía concreta con Fracciona-miento. Por lo demás, sería injusto reducir un libro tan vivo como el de Teresa Avedoy a un par de preceptos. Es decir, estimado público, no se agüite, Fracciona-miento no obedece a manifiestos ni se ciñe a las normas de ninguna vanguardia.

Nunca sabré si es sólo que nací demasiado tarde, o demasiado pronto, o demasiado lejos, pero algo en las vanguardias me provoca comezón. Las encuentro lógicas en su pretensión, pero huecas en sus resultados. En este libro, en cambio, nada me resulta indiferente.

2. el concreto

Hace ya muchos meses Teresa me mostró por computadora los planos de los nuevos fraccionamientos de Tijuana. Me horroricé. Pero me horrorice desde mi pequeña burbuja en mi gran ciudad. Mi burbuja cerrada y mi ciudad al centro. Así que en realidad entendí muy poco hasta que tuve el libro. Y otro tanto cuando, anteayer, de pie frente al fraccionamiento Santa Fe, me asaltaron las preguntas.

Preguntas: ¿de qué se tratan los hormigueros y de qué están hechos los laberintos? ¿Quién se ha tomado el tiempo de contar estas casas, de asomarse siquiera, quién vive allí adentro? ¿En qué mente siniestra, facilona, tautológica, cabe la idea de entretejer diez mil casas idénticas? Crecer en un lugar así ¿cuadricula la cabeza? Las bardas que dividen una casa de otra de otra de otra, y así hasta llegar a cien y a mil, ¿unifican o separan? Santa Fe es un conglomerado de frío y no por eso disminuye un ápice el burbujeo de vida que le llena las entrañas… ¿o sí?

No lo sé, para el paseante no hay respuestas concretas. Pero el cemento es necesariamente concreto, nunca hipotético. Está allí. Cemento y cemento y más cemento y la huella fácil del brutalismo y cualquier otra corriente arquitectónica que afirmó saber encontrar comodidad en lo democrático y belleza en lo monótono.

Frente a los planos macabros, las viviendas prefabricadas y la construcción en serie, Fracciona-miento se erige con los sanos métodos de la autoconstrucción. Y, como todo buen texto, está inacabado, se le dejaron en el techo las varillas, para que el lector, felizmente, lo habite, lo saboree, lo continúe.

Frente al diseño falso del estilo californiano y su potencia al diez mil, los dibujos de Eréndira González representan un parapeto de sutilezas plásticas. Una bocanada de arte fresco y frágil contra el contundente derroche de simetría que son los fraccionamientos.

3. en concreto

Releo lo escrito y se me ocurre que estoy haciendo justo lo que Teresa detesta: hablar de las ocurrencias, no de las circunstancias. Vuelvo a empezar. Salgo a la calle. Paseo por Tijuana pero mi visita no es sincera, traigo al libro en la cabeza. Al primer anuncio me detengo y recuerdo el poema Boulevard:

A la Marlboro
A la Tecate
A la FORD
Al Hummer

(para que ya no veas
ni tierra ni escombro,
para que estés rodeado
de la buena vida)

Gracias gracias gracias
por salvarnos de vivir
aquí

Y es allí, Guanajuato esquina con Colombia, que a Fracciona-miento le brota el sentido:

este libro es una pala.

Armado de ironía inteligente, escarba en la tierra y el escombro para liberar la tierra y poner de relieve el escombro. Si el valor de la literatura reside tanto en lo que edifica como en lo que desentierra, este libro, perdone usted el entusiasmo, es una joya.

Basta de elogios, siga caminando.

4. el secreto

Soy turista, miro el mar sin fotografiarlo, ando por el bulevar pensando que volveré y, cuando una imagen me sorprende la asimilo de la manera más auténtica: “es que es Tijuana…” No me pregunten en qué momento la autenticidad se abarató tanto, ni mucho menos en qué momento el cliché derribó al contraste. Estoy de paso y leo mal la ciudad. La Revo, la línea, el cerco, el ocio, el borde. ¿qué viene siendo eso de vivir al borde? Al borde de qué y, si la tierra es redonda, ¿no nos libra la redondez de todo filo? Evidentemente no. Las fronteras cortan en maneras que no entiendo.

Lo único que traigo en la cabeza es esta frase: “Ocupo escribir un texto”. Llevo cinco días en Tijuana y ya me es inevitable: confundo la espacialidad en el lenguaje. Dejé de "necesitar". Ahora ocupo mis lentes, ocupo un tenedor, ocupo escribir un texto. Doblo la esquina y allí está. Allí el secreto: la pequeña distorsión léxica que nos entrega la poesía de Teresa. Textos que ocupan-llenan el espacio porque ocupan-necesitan digerir el mundo que los engendra.

En las escuelas se habla de una concretización de la poesía para decir simplemente que se reconoció al lenguaje como el material que es. Así, puro y duro, tabique, tornillo, tablón. Teresa Avedoy parece saberlo y por eso, más que escribir, construye. Leerla es corroborar que hay palabras pesadas, palabras angostas, palabras de arcilla que no sirven para exteriores y diminutas palabras livianas que, al centro, cual columna, bien pueden sostener el edificio.

Fracciona-miento es un "sitio habitable" no sólo por el nombre de la editorial que lo alberga, sino por la limpieza de su estructura y el funcionamiento tangible de su versificación. Leerlo es calibrar.

Celebro sus texturas, su sinceridad y su agudeza.


Texto leído en el Centro de Cultura de Tijuana

en compañía de Teresa Avedoy
junio 2006

6.4.07

La máscara de llorar,
de Pablo Molinet



Nuestras palabras sólo existen
para llevarnos
más allá de nosotros mismos.

Lo que está cerrado
no es lo contrario del espacio
sino aquello que lo designa.

Jean Louis Giovannoni


Lo primero que me llama la atención en estos textos de Pablo Molinet es esa cerrazón de la que habla Giovannoni, que no se contradice al espacio sino que lo designa. Me refiero a la manera en que, ya sea en el aflorar de un jardín o en la angustiosa unión de breves muros, estos poemas delimitan ágilmente su territorio en dos o tres palabras. La sensación de que leerlos es asomarse a ese espacio aparte, me parece uno de sus mayores aciertos.

Sin embargo, la grieta por la que uno puede mirar es angosta. Con esto señalo que me desconcierta y sorprende la capacidad que tiene Pablo para escribir como si nadie fuese a leerlo. Colocarle al lector cómodas butacas o forzarle un espejo no son -aventuro- preocupaciones esenciales para Molinet. La transparencia se juega aquí entre el autor y su texto y su suerte de arqueología interior. Yo, no me siento invitada.

Lo que no sabría decir es si este ensimismamiento es una desventaja literaria o bien un logro poético. Digo desventaja como decir: cuanto consigues en la desolación es desolado; y digo logro poético como decir: cuanto había en esa desnudez desnudo estaba. Entiendo que este comentario parece ambiguo, y con facilidad puede uno caer en cierta ambigüedad con estos poemas. O mejor dicho, en cierta trampa: quedarse en su primer plano. Es decir, puede hacerse caso omiso del ensimismamiento y leerlos como una gran ventana abierta, llenos como están de imágenes aparentemente accesibles: ahí la desventaja y el riesgo de lo desolado; cuando en realidad, creo, habría que releerlos hasta forzar la entrada. Pues finalmente escribir –o así lo entiendo- es abrir y no adornar. Luego, si existe el texto existe también la ranura para adentrarse en él.

En ese adentrarme encontré la nostalgia del ovillo quebrado, la evocación de olorosas estampas de infancia, la pesadumbre de violencias sin candado. De entre las imágenes que no cito, otras varias trepan o envuelven hasta que, quizás, el espectador también, como la Reina, puede decir: es mía esa serpiente.

Estos son versos habitados por un deseo de clausura. Pero algo abren, algo late en ellos que no podrá terminarse. Revivirán con cada lector los anchos pozos que veladamente retratan, y es por eso que no hay en ellos ni invitación ni cómodos asientos. Puede palparse que en su camino hubo piedras, y el lector no está absuelto de cargar con ellas. Por otra parte, se agradece la falta de condescendencia.

Antes de escribir Habito el esplendor, proyecto que lo trajo aquí, Molinet escribió La Máscara de llorar, cuyos fragmentos leyó hoy. Mi intuición de porqué, es casi tautológica: reconocemos la luz porque conocemos la oscuridad. Este camino fue el reto donde, decía antes, se intuyen piedras. Y la elección de recorrerlo me resulta no sólo valiente sino también valiosa. No me refiero a la experiencia vital de hurgar en el recuerdo, sino al empeño literario por alcanzar un tono que me atrevería a resumir en uno de sus versos: sin odio, sin compasión, sin añoranza.

Desentrañar del fango el fango, hacerlo más palabra. Bucear ahí para al fondo, o a la vuelta de la vuelta al fondo, hallar ese destello sin el cual o sin la búsqueda del cual –me parece- no habría poesía. O habría, pero no sería necesaria. Y si sólo una cosa entiendo de poesía, la entiendo necesaria. No sea más que para llevarnos más adentro y más allá de nosotros mismos.


Texto leído en la Fundación para las Letras Mexicanas, 2005

5.4.07

29, septiembre, 2005


De las frutas y verduras, sólo una encuentro repulsiva. Es roja y sabe a tierra. Se llama betabel. Cada cierto tiempo, sin embargo, imagino que he vivido en el error. Entonces, deliberadamente ordeno una ensalada que lo contenga; y lo muerdo con la certeza de que he madurado y el buen gusto me ha crecido. Pero es falso. Otra vez sabe horrible. No hay nada que hacer, a mí no me gusta el betabel.

Me pasa algo muy similar con las despedidas. Me acontecen cada cierto tiempo. La gente sabia, ésa que sí se come todas sus verduras, me dice que cerrar ciclos es bueno. Hay que despedirse con dignidad y finalmente el mundo no se acaba y no se cierran más que las puertas que ya nada podían ofrecerte. Es falso. O, al menos en mi paladar, un final es siempre un bocado de tierra roja, seca.

Por eso, tuve que convencerme de que esto no es una despedida. No fue fácil. Tomen en cuenta que la gente a mi alrededor estaba empacando. Algunos traían maletas, Omar llenaba cajas, otros atiborraban gigantes bolsas con basura. Ay, esa basura, Alvarito, ¿no estarás tirando algunos buenos versos? Y de repente, toda la gente que conocí en esta nube, comenzó a prepararse para el aterrizaje. Entrevistas de trabajo, otra beca, Julián de nuevo leyendo telenovelas, Gabriela aprendiendo sueco y mamá Elvia enseñándole a escribir a las abuelas; Vite desde su balcón sopesa las provincias, Alberto firma un pacto de sangre con la SEP, Román se casa con el CNA y Edgar con el CIESAS, Mariana audiciona, Glafira se despierta a las 7 para hacer prerrequisitos, Sergio hace tiempo que está en casa y Paola se muda de departamento, “Fletes Jufresa” de arriba para abajo, así las cosas: Tere vuelve al aeropuerto, Sánchez y Karla a la tesis, Luis ya hasta hace óperas, Vázquez se inicia en el mundo de dar clases y Oscar, perdiendo la clase, pregunta desde la ventana a los pasantes si no tendrán alguna chamba que ofrecerle.

Y en medio de todo esto, yo sólo pienso en el betabel y en que la única solución es nunca más morderlo. Así que no, esto no es una despedida. Tengo además un buen argumento: queda lo escrito. Y vendrán más textos, más libros. Pero queda sobre todo lo vivido. El hecho de que por nuestros pasillos desfiló un embajador y ahora flota su fantasma. El hecho de que hicimos nuestros estos corredores, cornisas y balcones. El hecho de que compartimos algunos cientos de cigarros, buenos y malos maestros, excelentes charlas y el pésimo café.

Tengan por seguro que nunca antes conocí a semejante bonche de locos y nunca antes me tomé tan en serio ni mis cuentos, ni mis personajes, ni los de los otros; y miren, yo que estoy siempre diciendo que la literatura no es la vida, ahora tengo para mí que este giro de vida, este año ensimismado, esta casa y sus ecos, estos locos y sus textos, me hicieron entender que sí, sí se vive la literatura. Se vive porque se hace. Eso hicimos y eso haremos los que se van y los que nos quedamos a esperar que nos visiten: Camila y sus insectos, Lobsang y su séquito teutón, la risa de Pablo, la prisa de Denisse y mi eterna disposición a la chorcha en el patio.

A mis tutores : profundo agradecimiento.

A mis compañeros de narrativa: confío en que encontraremos un buen título; a mis compañeros de ensayo: confío en que los buenos títulos seguirán persiguiéndolos y ustedes devorándolos.

También podría decirles el respeto, la admiración y el cariño… pero todo eso ya lo saben y saben que de no ser por todo eso, yo mordería gustosa esta despedida y no me daría tanto miedo llamar por su nombre a este betabel.


Texto leído a modo de despedida en la
Fundación para las Letras Mexicanas

29, septiembre, 2005
Vanguardias de supermercado


Bostezar en el lugar, la hora, el minuto y el segundo exactos, puede parecer un objetivo ocioso. Pero forzando la imagen, recordemos algún verso, un buen verso que no hayamos olvidado. Cualquiera que sea, de quien quiera que sea, es seguro que ocupa justamente el sitio que le es preciso, propio, su lugar, su minuto y su hora, aquel hueco que ningún otro verso sabría llenar dentro del poema. ¿No es acaso de esta puntualidad que se nutre la poesía? Y de ser así, ¿cómo lograrla? En parte, supongo, con mirada, con mirada tan personal como abierta, tan puntual como creadora de su propio ritmo y horario, capaz de recorrer ahora los laberintos internos, ahora los de afuera. Una mirada equilibrista entre la definición más o menos clara de lo que llamamos poesía y el capricho arbitrario de aquello que se nos antoja poético. Mijail Lamas habita esta cuerda floja. Siembra en primera persona para cosechar el destino plural, el vasto guiño. Sus poemas son textos repletos de presente, cosidos con hilo de este siglo y estas calles. Paseos habitados por la apatía y la prisa de nuestros días, por el desdén arrogante, resignado, de haber nacido después que la televisión y no obstante amar también al papel. Vibra en ellos la absurda perenne contradicción de nuestro mundo. "Contradicción", de hecho, es quizá la primera palabra que se me antoja al leerlos: Lamas no acaba de contarnos la virtud de lo estático, cuando ya está diciéndonos que el movimiento es el único estado soportable. ¿Entonces?, ¿moverse o dejarse estar? No importa. No importa porque ésta es una poesía de pretextos, de reflexiones azarosas y conclusiones provisorias; una poesía de pico y pala, de hurgar ahora en una maceta, ahora en otra, buscarse en todas. Es así como se construye una mirada. Y sin embargo, encuentro que a este arado le falta trabajo. Me explico: si bien no hay nada de reprochable en el contenido (un contenido amoroso, actual, urbano, tan suyo y tan de todos), me parece que, en ocasiones, a la forma todavía le faltan algunos golpes de lija, todavía le sobran bordes. Algunos versos aún no encuentran su sitio exacto, inamovible. No me refiero necesariamente a paja, o a una labor de tijera (quitar un verso aquí, otro allá), no. Me refiero a un asunto de cuidado, de sinónimos, de limpieza, vamos: de pulido y encerado. Porque está lograda la labor primera: tomar la silla y hacerla poema. No sólo poema sino carta, no sólo carta sino declaración de principios. La transformación se logra y el poema está ahí, cierto; pero cojea. Cojea a veces en ritmo, o en enumeraciones, o en desafortunados cortes de verso. Yo, en mi lectura, percibo mirada y hallazgo, elementos que, por lo demás, entiendo como dos de los interruptores más básicos y esenciales de la buena escritura, pero percibo también reticencia a la goma y enamoramiento con el hallazgo, dos de los errores más frecuentes y más peligrosos en materia de escritura. ¿Entonces?, ¿moverse o dejarse estar? Ambos. Moverse, caminar las calles, hacer de la piedrita que pateamos un poema, de los neones un verso, de la idea espontánea un buen pretexto. Pero también dejarse estar: perder la piedra para ganar en ritmo, desdibujar el neón para que brille el verso, pulir la idea hasta que refleje su peso en poesía. Sólo así, me parece, vía el pulido y encerado, alcanzarán estos poemas la textura que merecen: el terciopelo de una vanguardia dentro de la aspereza de un supermercado. Que es solamente como decir: textura de poesía y de creación, dentro del mundo repetitivo, rasposo y de consumo en el que Mijail, como todos nosotros, se mueve, se sienta, se escribe.


Texto leído en la Fundación para las Letras Mexicanas, 2006

4.4.07

Lenguaraz, breve historia


1. el pre


sabemos que hemos llegado tarde hasta al asombro

sabemos que todo lo anterior es una ruta transitada
...que toda palabra dicha bastará para embaucarte y uno quisiera, coño, quisiera arrancarse la boca, empañetarse la lengua para no ser como todos los anteriores.
decir algo que suene real.
decir una realidad que caiga redondita de la boca.

Mayra Santos-Febres


Tomemos a dos jóvenes desconocidos. Que se vea bien que son dos distintos, que contrasten. Que uno sea, por ejemplo, grandote y más bien güero, que el otro moreno, de pelo chino. Ahora coloquémoslos azarosamente al centro de una multitud. Digamos, por qué no, un vagón de metro en hora pico y que se descomponga el tren. Sí, que se descomponga aún lejos de la estación y el tedio ataque de súbito a los dos jóvenes cerebros. Que encerrados en aquel caldo de cultivo fermenten, a la vez, cada uno a su ritmo su amor a los libros, su aborrecimiento a las modas y al mundillo, sus fantasías, su fe, su hambre, su desilusión, su prisa.

Que de súbito se vuelvan y, de entre la multitud, se reconozcan. Que se abran paso hasta encontrarse uno frente al otro, los dos desconocidos. Que el primero le diga al segundo “vamos a hacer una revista” y que arranque el tren.

Que desciendan ahora los dos jóvenes y se vayan cada uno por su lado, la idea bien instalada en cada uno de los cráneos. Que durante días el virus de la vigilia les carcoma las pesadillas, hasta hacerlos creer fielmente que es posible realizar aquello con que sueñan. Luego, simplemente, dejemos que haga lo suyo la sabia cadena del contagio. Que se reproduzca el entusiasmo hasta ser siete los desconocidos infestados con una misma, única, aún endeble pero ya fija idea.

Que durante muchas tardes invadan juntos una sala, todos primerizos y vacilantes, llenos de dudas. Pero, dejemos que los jóvenes posean una certeza. La de no estar aquí para desmentir nada, sino para construir una realidad, una redondita, en la punta de la lengua y que el papel, algún día de cuenta de ella. La certeza se tropieza. A veces se emborracha y se olvida la tarea. La certeza enflaca y se mutila, pero ciertas tardes rejuvenece y grita: no es verdad, no hemos llegado demasiado tarde.

Y entonces, con nuevos bríos, los siete soldados insisten y al fondo del cuartel una revista se gesta. Hagamos ahora que convoquen a sus tropas, que armen castings para marineros y hurguen entre sus ejércitos hasta encontrar a sus conejillos. Hagamos que un día, por ejemplo, por decir algo, me llamen por teléfono.


2. el hecho


La esponja tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.

Fabio Morábito


Hace tres años me llamó un grupo de amigos estudiantes en letras: querían hacer una revista. Querían un foro, un espacio para publicar, para decirse, para escribir. Yo dudé. Dudé porque es casi lo único que sé hacer y porque la energía desbordante que proyectaban, sumada a la realidad fáctica, tangible, de una revista, me parecía entonces algo demasiado real como para ser real. Un sueño de esos cuya posibilidad enorme bien puede condenarlos para siempre a la feliz jaula de lo fantasioso.

Hace dos años me llamaron de nuevo. Ven a cenar, está impreso el primer número. Y desde entonces, cada trimestre una nueva llamada, un nuevo número impreso. Hoy puedo dar cuenta de que, unos más unos menos, el grupo lo logró: sembró, regó, echó la siesta y cosechó. Hoy la revista es, existe, palpita, se renueva y se llama Lenguaraz. Convergen en ella una veintena de voces (los así llamados “paraboladores”), una media docena de ilustradores, dos diseñadores, dos tintas que varían y una curiosa lista de editores.

Verde, azul, naranja, amarillo, morado, rojo y rosa, siempre de mano del negro han sido las tintas. Por su parte, la lista de editores va desde Douglas Houser hasta los reyes magos, pasando por el trío caguama y tú y yo.

¿Quién detrás de los apodos tira la línea editorial? ¿Quién se levanta un día y dice mmm, a ver, hoy se me antoja un lenguaraz, no sé, plateado y que progrese? O ¿qué tal café? pero que no sea ecologista. O bien lila. Que sea lila y huela a lilas cuando lo hojeas. ¿Quién hojea lenguaraz? ¿quién lee lenguaraz y quién insiste junta tras junta, número tras número, en imprimir a los cuatro vientos que fue impresa para no ser leída? Ya, en serio, quién, en los últimos dos años entendió lo de literatura para no leer?

En la contraportada del primer número de lenguaraz podía leerse la siguiente leyenda: publicidad mata poema. Hay que aceptar que era tan ingenioso como ingenuo. Y que pronto lenguaraz entendió que había que vender anuncios para seguir viviendo. ¿De qué más vive lenguaraz? Vive de la terquedad de sus editores, de la tenacidad de sus diseñadores pero sobre todo, vive del boca a boca. Lenguaraz vive de su convocatoria.

Durante el primer año la convocatoria era sugerente: No leas, escribe. No veas, dibuja. Gracias a ella comenzaron a llegar, lentamente, los textos de paraboladores cuyas caras nunca vimos. Escritores en semilla, mandándonos textos desde su recóndita intemperie. Mostrándose sólo en letras sin nombre ni grandes pretensiones, sin rostro, sin fama. En lenguaraz abundan los seudónimos ¿Nos hace esto más existentes? ¿menos? ¿más autor, menos prejuicio? Si lo conozco no lo leo y si lo leo no lo conozco, dirían ciertos intelectuales cuya lucidez extrema les impide, pobrecitos, celebrar el talento de los amigos.

Para el segundo año Lenguaraz perdió toda sutileza didáctica y el slogan de la convocatoria se convirtió en Ojalá te quedes ciego de leer, ya ponte a escribir. Los textos siguieron llegando, la revista se siguió imprimiendo. Los tuertos y los sordos y los tercos siguieron escribiendo. La verdad es que no hay, señoras y señores, ningún misterio, la literatura para no leer, es literatura para escribir.

Lenguaraz está tejida con hilo de este siglo y estas calles, es habitada por la apatía, el fervor y la incredulidad de nuestro tiempo y de nuestra prisa. Pero al final del día, de lo que se alimenta lenguaraz es de su amor por la literatura que no ha sido aún escrita. No queda claro quien la escribe, porque se escribe día a día. El día en que nació la primera Lenguaraz -tan verde, tan chula, tan mil ejemplares-, dejaron de existir los lenguarazos, los siete soldados. Imprimir la revista fue callar todo el trabajo previo, esconder el cuartel a favor de un frente de guerra más amplio. Aparentar ser una revista self-made, nacida por generación espontánea en medio de la generación más indeterminada. Englobar lenguaraz, sus dos años de ardua chamba, sus cientos de textos, sus horas de computadora y de imprenta y de diseño, en una palabra. Y que lenguaraz sea lenguaraz, lo que quiera que eso signifique. Por más difuso y lejano e imposible. El hecho es que sólo de lo abstracto nace lo tangible porque sólo sabemos definir vía el contraste, la exclusión y las fronteras, ni modo, así es esto del lenguaje. No nos espanta que lenguaraz sea sólo lenguaraz. Ya se sabe, además, que todo lo que es algo, no es otros cientos de cosas. Y de ahí pal real los tratados en tabique, las psicosis de buró, la ajada metafísica. Hay que aceptar no obstante, que bajo toda nuestra angustia border line, nuestra rebeldía de manual, nuestro nihilismo dos por uno, yacen nuestra fe y nuestras certezas, de esas buenas, esas que te dejan bajar a comprar pan sin dudar que allí estará tu calle y allí estará tu tienda y si dios quiere, ahí estará tu dona. De esas buenas semi-certezas que nos alimentan, duda Lenguaraz. Y puede hacerlo porque tiene a su favor que es de papel y es flexible y cabe en tu cangurera, portafolios o morral. Llévela, llévela. ¿Qué más da quién la hizo, con qué fines, qué tiraje, cuántas deudas? Lenguaraz existe, está aquí y está encantada de estar aquí.

A toda la gente que diariamente construye lenguaraz no voy a nombrarla, porque en su infinito anonimato yace su infinita posibilidad. Justamente como me temí hace dos años: la realidad de esta revista, ha terminado por desdibujar a sus dueños y a sus colaboradores y a todo quien la toca. Y ¿de qué se trata leer, de qué la literatura, si no de desdibujarse?

Lenguaraz está hecha por y para todos los estudiantes de letras del planeta, a quienes diariamente obligamos a leer maravillosos mamotretos cuya gracia toda se pierde en el absurdo de la obligatoriedad. Lenguaraz está hecha por y para los poetas de closet, los ensayistas cuyo tema de estudio contradice a la cordura, los cuentistas que retiran momentáneamente el corazón de la carrera para que corra mejor su prosa. Qué más da cómo nos miente o quién la soñó, esta revista plasma, imprime, se llena la entraña y la boca de juego, de ideas, de comienzos. Y en ello bien podríamos reconocernos todos los que día a día nos reinventamos. Es decir, todos.

En un mundo en el que los libros pierden peso cuando ganan kilos, pierden respeto mientras más son leídos y pierden lectores por llenar estantes, no voy a ponerme a discutir si la literatura es o no una cuestión de alcance. Diré solamente que para una revista cuya edición corre por cuenta de Melchor, Gaspar y Baltasar, la magia que despide me resulta apenas lógica, meritoria y natural. Y su alcance me parece un objetivo digno de promocionarse. A Lenguaraz hay que leerla, desleerla y releerla, hay que creerle sólo para luego dudar de ella.

Festejo el constante retorno a aquel vagón, a aquella sala, a aquel impulso desde el cual, disponible y ligera como el primer día, toda esponja, lenguaraz se reinventa sin detenerse ni un momento en autojustificaciones, ni panfletos, ni verdades.

Celebro el espacio que abre, los textos que engendra y, sobre todo, la desfachatez sincera con que cree en la literatura, en el golpe certero de un verso y en la encabronada pujanza de la ficción.

Celebro la finísima honestidad con la que miente, que es por lo demás, casi lo único que le pedimos a la buena literatura. Lo celebro hace ya dos años y los convido a seguir celebrando.





Texto leído en la librería Gandhi,

en compañía de Felipe Davalos y Daniel Daou

noviembre 2006

Inmobiliaria


Aunque parezca soso el símil, yo digo que una novela es una casa.

Los capítulos –cada uno con su función precisa, su esquina favorita, su decorado- son las habitaciones. El autor es arquitecto: sólo él sabe dónde quedó tal o cual tubo, tal o cual hueco. El lector, en cambio, no repara en el andamiaje. A menos de que algo grave –un desnivel, una grieta en la escalera- le impida avanzar, él recorre alegre la vivienda: él viene de visita. El lector se aparece el día de la inauguración, se come el banquete, se pasea, da vida al ritual. E incluso, hay quien vuelve. Es por eso que hay quien relee novelas como si de visitar a un viejo amigo se tratara. Recordamos las novelas como a las casas en que hemos vivido: por el dejo de su atmósfera, por los rincones que preferíamos, por el calibre de su estilo, por la peculiaridad de cada una de sus piezas. Toda casa depende tanto de su unidad como de sus variaciones. Conviven en ella la historia lineal del día a día, con los obligados anecdotarios de sus habitantes. En una casa pasan cosas. Pero el hecho es que cuando una casa funciona, nadie está pensando en las tuberías.

La primera vez que entré a esta casa, no la pensé como una novela. La novela simplemente no estaba en mis planes. Por ese entonces yo pensaba en cuartos aislados, unidos únicamente por el pasillo de un juego. De un juego que podía parecer plano pero que estaba diseñado para bifurcarse. Y resultó eso: un corredor que unía habitaciones tan disímiles que nada podía unirlas excepto quizás ese pasillo, ese juego. Escribir un libro de cuentos es mudarse cada año de departamento, que es lo que había hecho yo siempre. En Liverpool en cambio, tuve una casa durante dos años. Y me enamoré de la casa. La vi llenarse una vez y ser felizmente habitada, la vi luego vaciarse de sus habitantes, y llenarse de nuevo con otros cientos de nuevos cuartos, nuevos mundos. Basta echar un vistazo al cubículo de cualquiera, para entender que es infinito el número de las posibles casas que esta casa alberga.

Y es que a esta casa la habitan seres muy extraños. Hay uno que habla con su bonsai y otro que no puede ver un pájaro; uno que colecciona cerillos y otro que colecciona latas; una que fragmenta meditaciones y otra que medita sobre fragmentos.

Cada lunes, en el último piso de esta casa, se reúnen nueve que comparten sueños de arquitecto. Les gusta trabajar en las alturas. Desde allí planean sus propias casas. Las esbozan, colocan la primera piedra, las van creciendo en funcionalidad y belleza. Las casas en obra se comentan o -en la jerga local-, “se tallerean”. Cada arquitecto mete mano en las casas ajenas. Tal es la excusa para reunirse cada lunes: que los otros te subrayen los cuartos en que estás pecando de minimalista, los pasajes incómodos, las salas en que te pasas de barroco; que te señalen allí donde un tapanco sobra, allí donde una cava resulta inverosímil.

De entre las casas que tallereamos los lunes, hay una a la que ya sólo le faltan los acabados. Es de tabiques cortos unidos con el cemento de un ritmo preciso. Tiene sus columnas de teoría-de-lo-fantástico. En la cocina guarda los antiguos recetarios del medioevo y sobre el techo dormitan ejemplares de clásicos ingleses. Están todos invitados porque esta casa es una ciudad entera. Le han cabido canales en la tina y un ejército de animales en la sala. El arquitecto es Gerardo; la ciudad es Rada.

En otra de las casas conviven un jefe ojete, una abuela, una violinista, un violín. El violín está perdido y la violinista está muerta. Hay también un morro, un artista y un policía. Y los tres son el mismo. Ésta es la casa de Vicente y va tejiéndose con hilos de novela policíaca.

Otra casa que alberga misterios es la de Nava. Sin embargo, ésta es la que más se parece a la casa en que nos reunimos los lunes: entre sus páginas viven varios escritores. Pero son todos escritores con vidas más interesantes que las nuestras. Y nos da envidia. Por si fuera poco, en sus jardines se pasean espías, ex espías y aprendices de espía. En la casa de Alfonso todos los habitantes tienen sus queveres con el gobierno gringo; o tienen medallas, o teorías beisbolísticas. Es la casa en la que todos quisiéramos vivir.

La casa de Toño tiene patio en medio. En el centro yace la fuente de las obsesiones, cuyas aguas están infestadas de frustración. Dado que esto no es una novela, la construcción se erige bajo el régimen de condominios. El decorado va del rojo kitsch de un luchador, hasta el pálido gris de quien no logra llorar. Pero en todos, eso sí, se habla parejo. Se discute, se bromea, se conversa. Las habitaciones guardan bajo el papel tapiz su vena irónica: en la casa de Toño, las paredes tienen doble filo.

El quinto arquitecto es el más arquitecto de todos: no se ensució las manos con la mezcla. But he will, el año que entra. Este año lo suyo era la crítica constructiva: leer, digerir, argumentar. Lo suyo era alimentarnos. Mejor que nadie, Villarreal sabe que los personajes no dicen lo que piensan. Necesariamente entonces, sabe también que me urge ya visitar su construcción, que me importa que él siga visitando la mía y que, aunque no se lo haya dicho a tiempo, le estoy profundamente agradecida.

A todo esto, yo construyo una casa que parece un tren. Mi problema con la arquitectura es que me gusta personalizada: cada habitante está tan contento en su propia atmósfera que a varios les da por encerrarse en su vagón. Parece que aún no está lista la sala en que logren relajarse y convivir unos con otros. Si revisan los censos notarán que mi casa tiene un exceso de población. Si visitan la obra verán que empecé por las ventanas.

La casa de Lèal se ha ido quedando vacía. Al principio aquello era una fiesta. Para ser precios: una fiesta de navidad en una casa de familia crecida -por decir lo menos. Bellit, la personaje principal, estaba al centro cual pinito navideño. Pero cuando la casa está llena de invitados, el árbol comienza a estorbar. Alfredo fue abriéndole con esfuerzos la puerta de salida a cada una de las tías. Bellit ahora está en la sala, sola frente a la chimenea, con una libreta roja en las manos y un Lucien en la cabeza. Y muy a pesar de su tono de desesperanza, la casa de Lèal se va tornando acogedora.

La casa de Humberto, en cambio, hay que imaginarla inhóspita. Hay que imaginarla gótica y siniestra. Así la imagino yo: torres de tabiques grises, árboles sin hojas, la luna bien en alto sobre la escena. Es de noche que la casa de Humberto reverbera. Habitada por vampiros y mujeres hermosas, fluye la sangre fría por sus habitaciones; y en la sala otras sangres se beben. La arquitectura de esta casa, mucho más que la del resto, depende de las casas que le han precedido. Es una casa compleja, obligada a colgar en sus pasillos retratos de sus ancestros.

En las reuniones de los lunes hay un noveno arquitecto. Uno que no habla de sus casas, que está ahí para trazarnos los puentes hacia nuestros ancestros. Que está ahí para reforzar el andamiaje. Bernardo replantea los muros de carga, cuestiona la estructura y en el pizarrón despliega el plano si hace falta. Va plantando, entre tanta obra negra, conatos de trincheras.

En el último piso de esta casa, cada lunes se reúnen nueve soñadores para un ultrasonido.

Aquello es un eterno medir latidos, un banquete de gestaciones, un cimbrar las paredes y que caiga todo aquello que no va a sobrevivir, que no está sólido. Nos reunimos para una colada de concreto sobre lo que antes sólo eran varillas, personajes que vagabundeaban, tramas sueltas. Nos reunimos para crear y para creer, pero crecer es lo que acabamos haciendo, los más de los lunes. Construir, eso hacemos. Desde hace dos años, para mí, cada lunes es un tres de mayo.

Si me preguntan diré que es en ese cuarto en el último piso donde realmente se olvida la intemperie.
Y que es allí donde late la idea originaria de Liverpool 16.
Y que es allí donde más viva está esta casa.


Texto leído a modo de despedida en la
Fundación para las Letras Mexicanas

24, septiembre, 2006

3.4.07

Sea Lenguaraz. Sea

Hace dos años me contactó un grupo de amigos, estudiantes en letras: querían hacer una revista. Querían un foro, un espacio para publicar, para decir, para escribir. Decían ser siete y ponían como única condición nunca vernos las caras. Trabajar siempre vía internet sin la obligación de desenmascararse. Hasta hoy, no sé cuántas cabezas participaron realmente en aquella trama. Yo dudé. Dudé porque es casi lo único que sé hacer y porque la energía desbordante que proyectaban, sumada a la realidad fáctica, tangible, de una revista, me parecía entonces algo demasiado real como para ser real. Un sueño de esos cuya posibilidad enorme, bien puede condenarlos para siempre a la feliz jaula de lo fantasioso. Hoy, sin embargo, puedo dar cuenta de que, unos más unos menos, el grupo lo logró: sembró, regó, echó la siesta y cosechó. Hoy la revista es, existe, palpita, se renueva y se llama Lenguaraz. Convergen en ella una veintena de voces (los así llamados “paraboladores”), una media docena de ilustradores, dos diseñadores y unos cuantos reyes magos, según consta en el directorio del último número. Según consta. Y eso ¿qué? ¿Vamos a creerles? ¿Dejaremos de dudar de ellos, bajo pretexto de que podemos tenerlos en nuestros estantes? ¿Qué tal si yo les digo que Lenguaraz existe pero no así sus creadores? Ejemplo- Ludovico, Violenta, I am, ¿por qué tantos seudónimos? Y los nombres nombres, son casi igualmente inverosímiles. Dao, Toriz, Jufresa, Barriga, Krauss, ¿qué clase de apellidos son éstos? Daniel Dao ha publicado en cinco números, esto es, llevo más de un año leyéndolo periódicamente pero nunca le he visto la cara ¿lo hace esto más existente? ¿menos? ¿más autor, menos prejuicio? Si lo conozco no lo leo y si lo leo no lo conozco, dirían ciertos intelectuales cuya lucidez extrema les impide, pobrecitos, celebrar el talento de los amigos. Patrañas. Yo digo que Dao no existe y lo digo porque sé que sus textos los escribe un matemático desde Chicago, gringuísimo, al que no obstante respeto y admiro tanto por lo que elige mostrar como por lo que oculta. Y confieso que nuestro Rafael Toriz, no es el mismo que creó este festival. Se parecen: ambos citan con la misma capacidad a diecisiete autores en dos párrafos, sí, pero el nuestro es en realidad una gorda imposible, laboriosa, eternamente desvelada con su incansable labor de copy and paste. Además, ¿quién es Camila Krauss? Abre tu revista ¿quién es Aeon Flux? ¿Viste la caricatura? ¿compraste en el nuevo Sangrons el integral en dvd? Bien, eres un chico actualizado, mediatizado, comprometido con tu época. Bien. Ahora, te hace falta una Lenguaraz, que combine con tus Converse según la estación y dime después si no encontraste ahí, entre las líneas moradas del número cinco, alguna hebra púrpura que antes intuías como la más íntima de tus fibras.

Qué más da cómo nos miente o quién la soñó, esta revista plasma, imprime, se llena la entraña y la boca de juego, de ideas, de comienzos. Y en ello bien podríamos reconocernos todos lo que día a día nos reinventamos. Es decir, todos. Lenguaraz está tejida con hilo de este siglo y estas calles, es habitada por la apatía, el fervor y la incredulidad de nuestro tiempo y de nuestra prisa. Todo en lenguaraz es un engaño. Yo trabajo con los lenguarazos, ocasionalmente me regalan revistas o les invito un té, a algunos hasta les he visto la cara, pero, lo juro aquí solemnemente: no los conozco, aún dudo de su nombre y de sus fechas. Dudo de la autenticidad de su demencia y de la veracidad de su cordura. Aquí a mi lado está Javier Ludlow, poeta irredento y buen amigo mío, pero tú, allá en tu silla, ¿cómo vas a saber si no te miento y éste que está aquí se llama en realidad Eduardo? No puedes y además te importa un carajo. Bien, eres un chico inteligente, perspicaz, de esos que capta al vuelo los trucos y desmiente los engaños. Eres un chico lenguaraz. Bien. Ahora, sabe que Lenguaraz es una mentira, pero es una mentira tangible. Justamente como me temí hace dos años: la realidad de esta revista, ha terminado por desdibujar a sus dueños y a sus colaboradores y a todo quien la toca. Y ¿de qué se trata leer, de qué la literatura, si no de desdibujarse? El día en que nació la primera Lenguaraz -tan verde, tan chula, tan mil ejemplares-, dejaron de existir los lenguarazos. Ni modo, así es esto, sólo de lo abstracto nace lo tangible, porque sólo sabemos definir vía el contraste, la exclusión y las fronteras, así es esto del lenguaje, ya se sabe, pero aún insistimos tanto en aprehender lo inaprensible, en asir lo abstracto, lo fugaz y lo foráneo sobre servilleta nuestra, con una pluma prestada. Ya se sabe, además, que todo lo que es algo, no es otros cientos de cosas. Y de ahí pal real los tratados en tabique, las psicosis de buró, la ajada metafísica. Hay que aceptar no obstante, que bajo toda nuestra angustia border line, nuestra rebeldía de manual, nuestro nihilismo dos por uno, yacen nuestra fe y nuestras certezas, de esas buenas, esas que te dejan bajar a comprar pan sin dudar que allí estará tu calle y allí estará tu tienda y si dios quiere, ahí estará tu dona. De esas buenas semi-certezas que nos alimentan, duda Lenguaraz. Y puede hacerlo porque tiene a su favor que es tangible y es papel y es flexible y cabe en tu cangurera, portafolios o morral. Llévela, llévela. ¿Qué más da quién la hizo, con qué fines, qué tiraje, cuántas deudas? Lenguaraz existe, está aquí y está encantada de estar aquí, fascinada y contenta hasta el silencio, lo sé porque no me lo dijo y no es costumbre suya quedarse callada.

En un mundo en el que los libros pierden peso cuando ganan kilos, pierden respeto mientras más son leídos y pierden lectores por llenar estantes, no voy a ponerme a discutir si la literatura es o no una cuestión de alcance. Diré solamente que para una revista cuya edición corre por cuenta de Melchor, Gaspar y Baltasar, la magia que despide me resulta apenas lógica, meritoria y natural. Y su alcance me parece un objetivo digno de promocionarse. Leerla y releerla, creerle sólo para luego dudar de ella, es hoy uno de mis pasatiempos favoritos. Celebro el espacio que abre, los textos que engendra y, sobre todo, la desfachatez sincera con que cree en la literatura, en el golpe certero de un verso y en la encabronada pujanza de la ficción; Lenguaraz cree y crea sin detenerse ni un momento en autojustificaciones, ni panfletos, ni verdades. Celebro la finísima honestidad con la que miente, que es por lo demás, casi lo único que le pedimos a la buena literatura. Lo celebro y los convido.


Texto leído en el marco del Festival de Poesía y Vanguardia,
Xalapa, Veracruz, 2005
Con la cabeza a punto de explotar


La luz se recicla ⎯como el miedo⎯
en el texto que resguarda
límites motivos preferencias

Teresa Avedoy


A Mercedes Ibargoyen, narradora y protagonista de esta historia, le da por llamarse a sí misma “la iluminada”; lo cual, sin duda, sería suficiente para hacer de ella un personaje difícil de soportar de no ser por su enorme capacidad para reírse de ella misma, ironizar, ponerse en duda.

La novela Mercedes Luminosa, de Dulce María Gonzáles, no puede leerse desde la distancia: al abrirla uno entra a la mente de Mercedes, a sus recuerdos, sus llagas y sus bordes. Henos inmersos, desde la primera frase, en una cabeza a punto de explotar. Mercedes se queja así del mal que veladamente la acompañará por el resto de sus páginas: la pesadumbre de una cabeza hinchada por exceso de cuestionamientos cuando no de alcohol.

El lector, mero testigo de los avatares de la narración, escucha a Mercedes quien, más que escribir, habla. Tal es el tono obligatorio en esta primera persona: muletillas, expresiones coloquiales, guiños, chistes casi privados. Constantemente, por ejemplo, dice Mercedes: a la realidad le salieron espinas, palomas, laberintos o bien: le brotan a la vida telarañas, víboras, monstruos y hombres lobo. Esta retórica es la encargada de mostrarnos a Mercedes como personaje. Para conocerla basta imaginarla en algún pasillo anónimo de supermercado, respirando el alivio del aire acondicionado y de la certeza efímera, finalmente dispuesta a “hacerse cargo” y diciéndose a sí misma: a la vida le salieron toboganes, subeybajas, carreras en el patio y carcajadas.

Allí está, no necesitamos más descripciones. Este truco narrativo bebe de una fuente que apasiona a la narradora y, supongo, también a la autora. Hablo del internet, el chat, las pláticas visuales donde uno es sólo palabras; donde se interrumpe sin ofender y se perdona fácilmente esa vieja costumbre suya de cambiar de idea a mitad del recorrido. Mercedes es así: pura mueca verbal, una mujer cuya sangre hierve con h y cuyo dolor se deletrea. Una narradora que, además, al escribir, suda sus lecturas y todos los datos almacenados.

Mercedes recuerda un episodio de Plaza Sésamo con igual frescura que uno de Kubrick. Lo mismo puede traernos a cuento a Lowry que al I-Ching o algún comic. Se compara ahora con un personaje de Shakespeare, ahora con una botella de Coca-Cola. Su historia está plagada de referentes culturales cuya fuerza estriba en la diversidad

Además del continuo reverberar del mundo que la rodea, el cráneo de Mercedes está habitado por fantasmas. Incluso los vivos con los que se relaciona aparecen translúcidos y ocasionales, un mero trasfondo para lo que ella llama sus “monitoreos”, que son recurrentes, casi excesivos. De hecho, me atrevería a decir que el libro entero es un monitoreo de Mercedes, más auto-evaluación que anécdota.

Un buen día Mercedes Ibargoyen recibe una llamada para enterarse que han encontrado el diario de su madre. El diario es apenas una excusa, un interruptor para contarse su propia historia. Cito: …ahora repaso la historia como si de una vida ajena se tratara, una vida otra o relacionada con un personaje otro a quien sucedieran eventos que jamás me suceden ni deseo que me sucedan y sin embargo hay cierta comprensión, cierta empatía que me hermana al personaje por el simple hecho de habitar el mismo planeta, la misma nave.

Mercedes se describe como intrusa de la nave, como pasajera incómoda. Y sin embargo late entrelíneas la practicidad obligada con la que se mueve en una sociedad que la agobia y una urbe que la asfixia. La ciudad es el escenario fijo que contrasta con el febril movimiento de sus pensamientos y sus pasos. Ese Monterrey que al medio día aleja a los cobardes y cobija a los suicidas que salen a derretirse en sus calles. Un Monterrey en retazos, del que vemos sólo ciertas esquinas, ciertos estandartes: la torre desde la que se aventó su madre, el bar donde conoció a su marido, la casa donde se encontró el diario, el barrio en el que vive su amante. En otras palabras, el Monterrey que Mercedes lleva dentro, en la memoria.

El truco que sostiene en pie a este libro, hay que decirlo, es sencillo pero audaz: todo sucedió hace dos años. La historia es un flash back hilado como se hilan los recuerdos: en ciertos pasajes es agudamente preciso, en otros es vago y repetitivo. El recuerdo no se extrapola, nunca sabemos bien a bien quién es Mercedes hoy, dos años después, pero no importa. Importa que entonces vino a descolocarla el asunto del diario, y a torcerle los días y a hacerla abandonar por un momento su tan añorada tranquilidad. Cito: Bastante trabajo me había costado esta paz, esta habitación interna queriendo ser vida simple, vida luminosa..

Gonzáles hace de los mecanismos memoriosos su aliado y su recurso principal. Dentro del recuerdo base de “hace dos años”, se entremezclan otros más antiguos, desde la infancia hasta la adolescencia de Mercedes, aquella época donde le daba por llamarse a sí misma “Mercedes la oscura”.

Pero Mercedes es luminosa. No por haber dejado atrás épocas más oscuras, sino porque confía en la luz al final del túnel, que no es otra cosa sino el logos. Mercedes se confunde y se clarifica, buscándose a sí misma desde las respuestas y verdades de lo cotidiano, y se compromete con su búsqueda.

La virtud de la novela Mercedes Luminosa yace en imitar certeramente el ritmo con el que discurren los pensamientos, la canción de ese difuso diván en el que cada cual resguarda límites, motivos, preferencias.

Este libro, como decía al inicio, es el retrato fiel de una cabeza inquieta donde se recicla, como en todas, lo mismo la luz que el miedo.


Texto leído en el Palacio de Bellas Artes,
en compañía de Dulce María Gonzáles y Eliseo Alberto
18, agosto, 2005
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